7 de septiembre, Dia del
Montonero
Era una reunión de rutina. En esa
época nos movíamos mal por inexperiencia en la clandestinidad. Cometíamos
errores de funcionamiento. Con tal de salir adelante nos movíamos en forma casi
suicida. Andábamos en coches robados sin ningún tipo de papeles. Ni siquiera
teníamos documentos falsos. El único que tenia era Fernando al que hacia poco
tiempo le hablan hecho una cédula. Tenia también una chapa policial, y eso era
lo único que teníamos para salir de situaciones difíciles. En estas condiciones
se hace la reunión.
Eran un par de pibes como
cualquiera de nosotros. Siempre hicieron política, les gustaba de alma. Sabían
que había que pelear para conquistar algo, que nada se regala. Y lo hicieron
juntos, desde chicos. Primero en Tacuara, a los 14 años, cuando las ganas de
entrar en acción desbordan las especulaciones políticas. Habia que estar y
estuvieron. De militancia católica empiezan a ser influenciados por todo el
proceso que vive la iglesia a nivel mundial, la etapa de los concilios, de una
iglesia nueva, renovada, un cristianismo donde los privilegiados eran los
pobres. Y los pobres son peronistas.
Primero llegó un coche y se
estacionó en la puerta de la farmacia. Befó un compañero y entró en la pizzeria
La Rueda. Al
volante quedó otro. Estaba desarmado.
Habla que seguir peleando, ahora
por algo más grande, por el pueblo todo. Acompañar a ese inmenso ejército
desarticulado que estaba sufriendo la miseria, la represión, la tristeza de
tener a su líder desterrado, el desgarramiento de no poder visitarla a Evita,
de saber que la hablan manoseado. La bronca amontonada ya era suficiente. La
cosa daba para más. Nos habían hecho de todo. Habia que empezar a prepararse de
otra manera, mejor organizados: llegaba la hora de los fierros.
El otro coche llegó más tarde.
Estacionó en la puerta de la pizzeria y saludó con un guiño de luces al otro,
el que estaba frente a la farmacia. Bajaron dos compañeros y quedó al volante
Carlos Gustavo Ramus. Carlos tenía un fierro, y una granada.
Fernando viaja a recibir
instrucción. Carlos se queda en el pais para seguir en el pertrechamiento para
preparar el lanzamiento del grupo. Es el año 67, Ongania hace un año que está
en el poder, seguro, habla de otros 10 años. Fernando y Carlos, rodeados de sus
compañeros, piensan diferente. El pueblo sigue juntando bronca.
Adentro del bar había tres
compañeros sentados en una mesa charlando: Fernando, el negro Savino Navarro y
Luis Rodeiro. El cordobés Rodeiro era el único que no estaba armado. Fernando y
el negro tenían sus fierros. Y llega un patrullero.
Dos años de trabajo diario, sin
descanso, discutiendo, planificando, culminan con una decisión: lanzar
públicamente la
Organización. Habla que buscarle el nombre. Y lo hicieron
como siempre, discutiendo entre todos, pero tratando de hacer las cosas
simples, directas, peronistas. Habla algunos criterios, que no fuera una sigla,
sino un nombre, que tuviera que ver con la historia argentina, no sólo en lo
político, sino también en lo folklórico, pero en ese folklore que se escuche en
serio, en silencio y tomando mate, recuperando gestas y luchas, que fuera
claramente peronista.
Se barajaron 15 nombres. Lo dijo
Fernando y gustó: Montoneros.
En el patrullero habia cuatro
canas. Dos se fueron para el coche que estaba en la puerta de la farmacia
(parece que la batida fue del farmacéutico, vio movimiento raro y pensó que lo
iban a asaltar). Uno se fue hacia el coche donde estaba Ramus. Y el otro abrió
la puerta de la pizzeria y entró.
Había una consigna interna: Todo
o nada. Para afuera desechar la verborragia. Perón o Muerte era el todo o nada
del peronismo. Por Perón todo, sin Perón nada, hasta la muerte. El Viva la Patria, por ser el último
grito de Valle antes de ser fusilado. Y el aramburazo.
Cuando el cana estaba entrando el
negro Savino lo quiere apretar, pero Fernando dice que no, que mejor le
muestran la chapa. El policía se acerca y les pide documentos. Fernando le
muestra la chapa y el cana se va caminando rumbo a la puerta. En ese momento se
sienten tiros. Fernando y el Negro sacan y empiezan a disparar contra el cana,
que empieza a correr.
Eran dos pibes comunes. No eran
resentidos ni drogadictos, ni frustrados que se volcaban a la guerrilla por
problemas personales. Eran dos hijos del pueblo explotado que tenían la misma
bronca del trabajador o de la mujer que debía darle de comer a sus chicos con
poca plata. Eran dos peronistas. Fueron dos Montoneros.
El tiroteo se había armado con
Ramus. El botón lo quiso apretar y se armó. A Ramus le explotó una granada en
la mano y murió. El cana quedó tirado en el piso, herido, recostado contra un
árbol. Justo frente a la puerta de la pizzeria.
Los dos canas que habían ido a
apretar al otro chofer, lo habían palpado de armas y ya se iban, al escuchar el
tiroteo se refugian en una obra en construcción y comienzan a disparar contra la
entrada de la pizzeria.
Dentro de la pizzeria los
muchachos hacen cuerpo a tierra y Fernando y el Negro comienzan a disparar
hacia la obra en construcción. Pero allí están cercados, y deciden salir.
Si había algo que los distinguía
claramente era la dureza, casi se podía decir el ascetismo. Una disciplina
absoluta, una subordinación total de la vida personal al proyecto político.
Fernando era un jefe; pero si no
hubiera estado Fernando, Carlos hubiera sido tan duro como él. En esa etapa
donde había que garantizar el funcionamiento del grupo era imprescindible que
hubiera jefes. Hoy quizás sería diferente.
Fernando salió primero. El cana
que estaba tirado en el suelo lo recibe con un balazo en el corazón. El Negro
sale detrás tropieza con el cuerpo de Fernando y cae encima de él. El cana le
sigue tirando, pero le erra. Y al Negro le queda tiempo para terminar de
vaciarle el cargador encima. Savino lo mira a Fernando y se da cuenta que
murió.
Carlos era un poco más chinchudo.
Siempre pensaba en Perón. Su preocupación fundamental era tenerlo informado de
todo. Darle toda la documentación brindada por Aramburu. Había que recuperar el
cadáver de Evita, también eso era una obsesión. Todo o nada
El negro Savino Navarro se acerca
al coche y lo ve a Ramus todo ensangrentado, muerto por la explosión de la
granada. Con la pistola descargada se mete en una casa vecina y se queda un
rato alli. Entretanto el compañero que estaba en el otro auto se logra escapar
a pie y Rodeiro cae preso.
Sin embargo, la realidad fue
diferente a la especulación previa. Era diferente pensar en la persecución a
vivir en la persecución. Y encima lo matan al gordo Mazza, el primer muerto, el
compañero del principio. Les apretó el corazón pero no aflojaron. La traición
política de algunos dirigentes del peronismo, como Paladino, las difamaciones
personales, el desgarramiento de no poder volver a ver a los padres, a los
familiares, vivir encerrados, desprotegidos. Pero por otro lado surge un
proceso que los llena de alegría. El pueblo empieza a hablar de ellos, a
recortocerlos como compañeros. El calor de la gente afianza la seguridad del
triunfo definitivo, de la convicción de morir por el triunfo del peronismo.
Savino comienza a saltar techos y
se escapa por una calle lateral. Se comunica con un compañero, le da una cita,
y van juntos a levantar las cosas de la casa de Fernando y Carlos. Los vecinos
se portaron muy bien, pese a que en los diarios salieron las fotos de Fernando,
de Carlos y del auto —a los tres conocían los vecinos—, nunca le dijeron nada a
la cana. Eso les permitió sacar de la casa las armas y los elementos que tenían
allí guardados.
Un día murieron juntos, como
habían vivido. Como dos pibes comunes, peronistas, que mordiendo la bronca y el
dolor del pecho que había estallado pudieron gritar, en medio del llanto, ese
Perón o Muerte, ese Todo o Nada, por el cual hoy se levantan banderas, se
mueven multitudes de jóvenes.
Fernando y Carlos Fueron dos
muchachos peronistas. Dos Montoneros. Para eso vivieron. Por eso murieron.